Dice Francisco Mora, doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y de Medicina por la Universidad de Granada, que "el maestro (en un sentido más amplio, el docente) debe ser la joya de la corona de un país)", cita que le vino a la mente tras leer la carta de agradecimiento que premio Nobel Albert Camus le escribió a su maestro de Primaria tras ganar (única carta de agradecimiento que escribió, por cierto).
Y titula uno de sus libros con el muy significativo título "Neuroeducación: sólo se puede aprender aquello que se ama".
Yo junto ambas frases para decir "El docente debe ser la joya de la corona de un país, alguien que ame lo que enseña y sea capaz de transmitir ese amor a sus alumnos".
El rol de los docentes ha experimentado grandes cambios en las últimas décadas. Después de años de un cierto inmovilismo (fundamentado en clases presenciales cuyo protagonismo era siempre del docente), el cuestionamiento de la eficacia de este sistema era inevitable, tanto más cuando la educación se ha convertido, en los países del primer mundo, en universal y obligatoria.
¿Y por qué esto es clave en ese cambio? Porque cuando la educación era algo a lo que sólo podían aspirar unos pocos sectores de la población, no hacía falta tener en consideración las diferente inteligencias, o la idea de que cada persona aprende a ritmos distintos diferentes materias. Y cuando así era el caso, normalmente la posición y económica del alumno le proporcionaba tutores, que podían darle clases hechas a medida e individuales. De los que no tenían medios económicos, sólo lograban avanzar aquellos cuyo aprendizaje cuadraba con el del sistema y se beneficiaban de becas o mecenas que sufragaban sus gastos.
Hasta que por fin, la universalidad de la enseñanza ha obligado a toda la sociedad a enfrentar un hecho que ya preconizaba Comenius, padre de la didáctica, en 1630 con su obra "Didáctica Magna": que no se trata de enseñarlo todo del mismo modo a todos, si no de enseñar a cada uno aquello que puede aprender. Que cada persona es un mundo y que el aprovechamiento pleno del potencial de cada joven sólo puede lograrse aceptando este simple hecho, para así darle la clase de enseñanza que precisa y ayudarle a encontrar sus fortalezas y debilidades, sus formas y métodos, sus pasiones y formas de canalizarlas en beneficio de su aprendizaje.
Jan Amos Komenský, "Comenio, Maestro de Naciones"
Y si esto es importante en todas las materias, lo es aún más en aquellas que, como Historia, no tienen nunca un consenso claro e inamovible del conocimiento transmitido. En Matemáticas, salvo que se hable de álgebra de nivel universitario, un uno es un uno, sumar es sumar y un triángulo siempre tiene tres lados: son consensos no discutibles. Enseñar Historia, en cambio, requiere siempre como primeros pasos que el alumno entienda que todo hecho del pasado tiene múltiples interpretaciones, ninguna de ellas más válida que la otra, que dependiendo del punto de vista de quien describe ese hecho, o de las investigaciones arqueológicas y la interpretación de los resultados de las mismas, puede cambiar totalmente lo que hasta entonces se creía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario