domingo, 13 de marzo de 2022

Cuando el docente no es la joya de la corona


    Dice Francisco Mora, doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y de Medicina por la Universidad de Granada, que "el maestro (en un sentido más amplio, el docente) debe ser la joya de la corona de un país)", cita que le vino a la mente tras leer la carta de agradecimiento que premio Nobel Albert Camus le escribió a su maestro de Primaria tras ganar (única carta de agradecimiento que escribió, por cierto). 


    Y titula uno de sus libros con el muy significativo título "Neuroeducación: sólo se puede aprender aquello que se ama".


    Yo junto ambas frases para decir "El docente debe ser la joya de la corona de un país, alguien que ame lo que enseña y sea capaz de transmitir ese amor a sus alumnos".


    El rol de los docentes ha experimentado grandes cambios en las últimas décadas. Después de años de un cierto inmovilismo (fundamentado en clases presenciales cuyo protagonismo era siempre del docente), el cuestionamiento de la eficacia de este sistema era inevitable, tanto más cuando la educación se ha convertido, en los países del primer mundo, en universal y obligatoria. 


    ¿Y por qué esto es clave en ese cambio? Porque cuando la educación era algo a lo que sólo podían aspirar unos pocos sectores de la población, no hacía falta tener en consideración las diferente inteligencias, o la idea de que cada persona aprende a ritmos distintos diferentes materias. Y cuando así era el caso, normalmente la posición y económica del alumno le proporcionaba tutores, que podían darle clases hechas a medida e individuales. De los que no tenían medios económicos, sólo lograban avanzar aquellos cuyo aprendizaje cuadraba con el del sistema y se beneficiaban de becas o mecenas que sufragaban sus gastos.


    Hasta que por fin, la universalidad de la enseñanza ha obligado a toda la sociedad a enfrentar un hecho que ya preconizaba Comenius, padre de la didáctica, en 1630 con su obra "Didáctica Magna": que no se trata de enseñarlo todo del mismo modo a todos, si no de enseñar a cada uno aquello que puede aprender. Que cada persona es un mundo y que el aprovechamiento pleno del potencial de cada joven sólo puede lograrse aceptando este simple hecho, para así darle la clase de enseñanza que precisa y ayudarle a encontrar sus fortalezas y debilidades, sus formas y métodos, sus pasiones y formas de canalizarlas en beneficio de su aprendizaje.



Jan Amos Komenský, "Comenio, Maestro de Naciones"



    Y si esto es importante en todas las materias, lo es aún más en aquellas que, como Historia, no tienen nunca un consenso claro e inamovible del conocimiento transmitido. En Matemáticas, salvo que se hable de álgebra de nivel universitario, un uno es un uno, sumar es sumar y un triángulo siempre tiene tres lados: son consensos no discutibles. Enseñar Historia, en cambio, requiere siempre como primeros pasos que el alumno entienda que todo hecho del pasado tiene múltiples interpretaciones, ninguna de ellas más válida que la otra, que dependiendo del punto de vista de quien describe ese hecho, o de las investigaciones arqueológicas y la interpretación de los resultados de las mismas, puede cambiar totalmente lo que hasta entonces se creía.


    Un ejemplo de esto último es el caso de Janet Stephens, peluquera cuya curiosidad por los intrincados arreglos de cabello de los bustos romanos de los museos, la llevó a descifrar el misterio de cómo se lograban tales peinados, tirando por tierra la "verdad" que había dominado en los círculos de académicos : durante décadas estos habían determinado que aquello sólo era posible gracias a pelucas. Esto es también ejemplo de la necesidad perentoria de la transversalidad a la hora de estudiar la Historia: a menudo, el conocimiento de otras materias es clave a la hora de entender una cuestión, hecho o pieza histórica. Y, por supuesto, la necesidad de estimular la investigación, la puesta en duda, la creatividad a la hora de buscar posibles respuestas.


    Por todo ello, es lógico concluir que la selección y formación de los docentes, sobre todo de materias "subjetivas" como Historia, es fundamental para cualquier país que desee una educación de calidad. Los docentes deben ser excelentes profesionales cuidadosamente elegidos, pero cuya selección no puede, no debe, depender exclusivamente de sus notas. Pues hay cualidades necesarias para la buena docencia que un examen de conocimiento que no puede medir ni graduar.


    Y si hicieran falta pruebas de lo aquí expuesto, me remito a señalar que aquellos países donde la docencia goza de prestigio y de una cuidadosa formación de sus profesionales, como Finlandia o Estonia en Europa, o Corea del Sur y Japón en Asia, gozan igualmente de altos resultados educativos y bajas tasas de abandono escolar.


    Por que cuando el docente no es la joya de la corona, cuando la media numérica para optar a ser docente es baja, cuando la consideración social es lastimosa y llena de prejuicios (el consabido "tienen más vacaciones que nadie" español, o "el que sabe hace, el que no sabe enseña" también español), cuando no se usa como criterio la vocación y la motivación... evidentemente no es el único motivo para esto, pero ayuda mucho a que acabes liderando las tasas de abandono escolar temprano de la UE.


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